DERECHO AL MIEDO. DERECHO A SUPERARLO.
“LEGNA ITXASOAREN LAGUNA”
Ayer, al llegar a la playa, mis ojos vieron un baño precioso, de esos que se antojan, de los de las condiciones perfectas. Adecuadas, sublimes para desarrollar todo ese surfing que llevas dentro, para aprender y avanzar. Mi caddie se encontraba cómodo, conocía perfectamente el sitio, y la marea llena restaba cercanía al posible impacto sobre las piedras.
Pero al llegar al pico, al lado de la ola más adecuada para surfear, el tamaño que veía desde la playa era mayor de lo que pensaba. Bueno, marea llena, más agua de fondo, no hay problema. Pero pasó un poco de tiempo y las olas fueron creciendo de tamaño. El punto de ola era de pared más vertical. Intenté entrar en alguna de las primeras, pero a veces el empujón se quedaba corto o yo no era capaz de entrar.
Al remar para entrar, veía las olas que venían de fondo y a los surferos, a los de verdad, cabalgando en olas más altas, más verticales, de las que se hacen tubo, de las que veo constantemente en videos.
Me lanzan en una ola, caigo. Espuma rápida y fuerte, me hundo… 3, 4 segundos. Salgo rápido, recojo tabla, remo hacia arriba, pero ya mi cuerpo y mi mente se pusieron en alerta.
Mi caddie lo siente, intentamos colocarnos, pero no conseguimos ponernos en buen sitio. Otra ola, lo intento, y cuando estoy a punto de entrar en la ola, esta se coloca totalmente vertical. Me retiro. Pienso: si caigo desde esta altura y me zumba encima la espuma, ¿aguantaré debajo del agua? ¿Podré salir rápido? ¿Cómo debo hacer? Recuerdo rocas, cortes, golpes… Recuerdo cuando alguien me contó algo de alguien que murió cayéndose contra rocas.
Inseguridad.
Intentamos colocarnos otra vez en el pico que sea más fácil para mí. Pero las olas traen demasiado agua y no nos dejan entrar. Las siguientes vienen más verticales, nos vamos a recolocar y una serie nos arrastra, nos arrastra bastante, nos lleva hacia el centro de la playa y debajo de la serie.
Comenzamos a comer espumas… Aporto todo lo que puedo para que mi caddie nos consiga subir con seguridad, pero vamos lentos, y yo no consigo remar bien. Nos conseguimos abrir y llegamos al pico. Allí, después de intentar coger una ola, que es todo espuma y que solo siento cómo me envuelve, cómo es rápida, cómo salgo rápido, pero muy escorado a la izquierda.
El mar nos lleva hacia las rocas. Nos debemos colocar. Y me cago en mí mismo por haber tenido miedo a no haber cogido la anterior. Vale, era vertical, pero si me caigo, ¿qué hay debajo? Agua, ¡mucha agua!
Finalmente, no vemos las cosas claras y salimos… Estoy enfadado, algo asustado, me cago en todo lo que pasa por mi cabeza que me limita. Me cago en no haberlo intentado más veces. Y si me hubiera caído la ola encima, 10 segundos máximo y estoy fuera.
Joder, ¿por qué la cabeza nos juega tan malas pasadas? Ya he surfeado ese tamaño de olas. Una vez, con Hugo en Cádiz, más de un metro y medio, y voy ahora y me asusto. Allí también lo estabas, pero lo hiciste.
Me sentí mal toda la tarde y el anochecer. Me sentí mal conmigo mismo por no intentarlo. Yo, que siempre intento todo. Yo, que aconsejo a la gente: “bueno, por lo menos inténtalo”. Esta vez mi mente se enfrentó a mis miedos y ella ganó.
Pero prometo que ha sido esta vez. Y las que vengan… porque sé que habrá más, por lo menos lo intentaré una vez. Aunque solo sea una vez.
El miedo es natural, y más cuando te enfrentas a riesgos. Pero debemos trabajar en intentar vencerlos. Hoy me quería meter en el mismo sitio, en la misma ola. Pero el parte ha cambiado: más grande, más viento, todo revuelto.
Da igual. Volveré a llegar a ese punto y prometo que mi actitud será otra.
Me lo debo a mí y a los que me miran con seguridad de que lo conseguiré.
Se lo debo al mar.
Él es el que me propone los retos.
Mi accidente fue en el mar,
y en el mar está mi libertad.